Se ríe en la penumbra de un cuarto desconocido. La invitan a ser parte del juego, aunque desentiende las reglas se atreve a ser participe dominada por un espíritu infantil. Jamás se rechaza aquello que el azar ha ofrecido.
Considera que un empate es suficiente aunque cree que su victoria es inminente. El fluir se entorpece y todo acaba en el mismo lugar donde comenzó. Ahora habita su vestido negro y camina descalza por la ciudad mojada como apogeo de su decadencia. La derrota resplandece en la consumación del deseo.